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Los jueves, relato. Nuestros mayores.

8 gener 2013

Esta semana, Juliano el Apóstata nos propone nada menos que este tema:

Este jueves, una convocatoria: mayores.

“Quiero hacer un jueves para nuestros mayores. Porque todos tenemos un mayor en nuestra vida: el papá, el agüelo… todos tenemos a ese mayor que hemos querido u odiado. Da lo mismo. Además, es natural, es condición sine qua non el hecho de tener un mayor en nuestra vida: ¿cómo estaríamos acá si no fuera por ellos?”


Juliano el Apóstata,  su propuesta y la lista de participantes de esta convocatoria

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Mi padrino… SMR

De mi padrino, que no era mi abuelo, -al enviudar, se casó con mi abuela paterna, también viuda, poco antes de 1936- recuerdo sólo momentos intensos y experiencias definitivas. El de su muerte es quizá el más profundo. Sobrevino un domingo de enero de 1964, frío pero soleado. Ese día, yo participaba en un juego de calle con los “Lobeznos” de la parroquia. Debía de ser cerca de mediodía y  recuerdo estar corriendo por la Plaza Nueva, frente a una zapatería hoy ya desaparecida, cuando alguien me llamó para decirme que mi “abuelo” se estaba muriendo.

Entré en casa llorando, sin entender demasiado bien que era aquello de que mi padrino se estuviera muriendo. Recuerdo, eso sí, que entré en su habitación, que daba a la zona exterior donde había un gallinero,  y que habrán dejado la ventana entreabierta. Llevaba sobre la cara una especie de embudo conectado a una bombona de oxígeno. Tenía los ojos cerrados y respiraba muy profundamente, con dificultad. Volví a subir a verle después de comer y pasó algo extraño, tan extraño que, con el tiempo, más de una vez me he preguntado si lo había visto realmente o si lo había soñado. Pero sabiendo con certeza que la escena se desarrolló exactamente así: mi  padrino tuvo un resurgimiento momentáneo. Lo encontré despierto, sin el oxígeno en la boca. Me sonrió y me preguntó qué hora era. Abrí el cajón de su mesilla de noche, donde tenía su reloj de bolsillo cuando no lo llevaba en el chaleco. Uno de esos relojes que se abrían en apretar un resorte de la tapa, de esos que pedían que se les diera cuerda y que tenían que durar toda una vida.

Se lo acerqué para que lo viera:
⎯ Un poco más de las tres, padrino, ⎯ le dije. Y cerró otra vez los ojos. Definitivamente. Ya no dijo nada. ¡A nadie más! Y eso que no dejó de respirar hasta el anochecer, tarde, hacia las dos de la madrugada, según me dijeron al día siguiente.

Su entierro fue mi primer entierro. En la iglesia, hubo la misa de rigor, las palabras de pésame del párroco y de la gente del pueblo. A pesar de ser día laborable, guardo la imagen de que había mucha gente. También un montón de ancianos y ancianas “ratatinés” como los que Brel describe en su canción “Les vieux”.

Recuerdo, eso sí, que aguanté como un hombrecito toda la ceremonia hasta que nos pusimos a caminar siguiendo el coche, con la caja dentro, camino del cementerio.
Aquel kilómetro se me hizo eterno. Iba entre mi padre y mi madre. Creo que no oía ningún ruido, ni tenía la sensación de encabezar una pequeña comitiva: me obsesioné con las tres iniciales plateadas que llevaba clavadas la caja: S M R … Sadurní Mir Riba, Sadurní Mir Riba. Me repetí mil veces… Pensé que ya nunca más serían las iniciales de un hombre, sino las de un recuerdo, de una sombra; me entró algo de mala conciencia y me culpé de no haber sido más cariñoso con él los meses que precedieron su muerte. Lo recordé sentado en su balancín, en la entrada de casa, y maldije las prisas con las que me iba de casa después de comer y sólo le lanzaba un ⎯ Adiós, me voy “, ⎯ y apenas le daba un beso a toda prisa.

Entre la iglesia y el cementerio noté toda la distancia que se había establecido entre nosotros dos, a medida que yo había ido creciendo y acumulando el atolondramiento propio de un chico de doce años, juguetón y lleno de vida.
Me queda el consuelo de pensar que mi padrino sabía que detrás de aquellos olvidos de su nieto había un niño que le quería y le admiraba profundamente.

Creo que me pregunté si aquellos grandes silencios que se fueron haciendo más grandes no lo habían matado un poco… Esa idea me hizo pensar mucho, durante mucho tiempo. Me hizo madurar. Y me prometí que esa situación de incomunicación no me volvería a pasar con nadie más de mi familia, que haría lo que fuera necesario para que no se me escapara ningún ser querido dejándome con aquella sensación de no haber puesto más de mi parte, de no haber creado más momentos de conversación y ternura. Y en eso estoy.

Max Le Carré

……

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Enlaces

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15 comentaris leave one →
  1. rosa permalink
    11 gener 2013 20:07

    En la memoria, ese baúl donde se arrincona la vida, todos tenemos alguna parcela amarga, la marcha de un abuelo, la sensación de vacio, la impotencia de no poder descargar los besos acumulados, de no seguir los consejos recibidos…. Luego el tiempo nos va suavizando la culpa y vive en nosotros de otra manera, algo asi como una sonrisa.
    Un beso

  2. 11 gener 2013 21:13

    Un triste episodio pero que en vez de ser traumático (el primer entierro y todo lo que significa: primer contacto con la muerte, el ritual, las aburridas ceremonias) surgió unas interesantes y fructíferas reflexiones, una actitud solidaria y “familiar” para el futuro. Muy bueno, te dejo un abrazo Sani

  3. 12 gener 2013 8:28

    Deseo resaltar esa sensación, mezcla de dolor y culpabilidad, de no haber demostrado suficientemente el cariño hacia la persona que se ha ido. Lo he sufrido en mis propias carnes y por momentos puede llegar a ser muy intenso.
    Un abrazo.

  4. 12 gener 2013 9:49

    La primera muerte de un familiar, queda grabada en la memoria de una forma más intensa que las siguientes, no creo qué sea cuestión de afecto, como en todo, la primera vez que nos enfrentamos a algo, las sensaciones se viven más , y un niño, en una comitiva como esa, en que la muerte se presenta con eternos silencios, siempre busca un resorte para evadirse de la realidad que esta viendo, en tu caso las letras S M R, hicieron su cometido.
    Me a gustado mucho tu relato.
    Besos querido amigo.

  5. 12 gener 2013 18:36

    Hola Sani, intenso e íntimo. Es cierto que a veces es necesario que determinadas cosas sucedan una vez para marcarnos para siempre, pero los ancianos que han sido niños lo entienden y lo aceptan como algo inevitable.
    Recuerdos compartidos, sólo cambian las iniciales.
    Abrazos

  6. 12 gener 2013 19:14

    Conmovedor texto, sobre todo me ha llegado ese momento donde al ver las iniciales, el niño de plantea que ya no corresponderán a un nombre:
    “S M R … Sadurní Mir Riba, Sadurní Mir Riba. Me repetí mil veces… Pensé que ya nunca más serían las iniciales de un hombre, sino las de un recuerdo, de una sombra” creo que ha sido allí donde más se logra mostrar la incredulidad de la inocencia infantil frente al abismo de la muerte.
    Un homenaje muy sentido.
    Gracias por compartirlo.

    Saludos jueveros.

  7. San permalink
    12 gener 2013 20:20

    Intenso y mucho Sani, entrañable y cercano. Esa sensación creo que es entendible, siempre quedan en nuestros bolsillos palabras no dichas, besos no dados, abrazos y risas, pero estoy segura de que ellos saben de nuestro amor.
    Un abrazo.

  8. Leonor permalink
    12 gener 2013 20:32

    Tus recuerdos que se diluyen en el tiempo y no logras deducir si fueron reales o soñados, para el caso es lo mismo, tienes aquellos momentos en tu pensamiento y los has traído hasta este jueves. Cada vez que evocas a un ser querido lo rescatas del olvido, le das un poco de vida. Estremecedor el recorrido hasta el cementerio tras el cortejo.
    Es normal ese sentimiento de culpabilidad que nos queda siempre que perdemos a alguien muy cercano, nos parece que no hicimos todo lo que esperaban de nosotros.

  9. Juan Carlos permalink
    13 gener 2013 12:45

    Un relato precioso, un fin de una vida y un cambio decisivo en otra, una experiencia que marca, que hace madurar a su protagonista.
    Disfruté leyéndola.
    Abrazos.

  10. teriri permalink
    13 gener 2013 12:58

    Es cuando por primera vez te das cuenta de que la muerte existe y de que nos va a llegar todos. Yo creo que esa sensación de culpabilidad por no haber hecho suficiente o haber demostrado suficiente los sentimientos nos quedan un poco a todos cuando perdemos a un ser muy querido
    Un relato triste, intenso y una importante experiencia en la vida de aquel chico de 12 años que estaba despertando a la vida.
    Besos!!

  11. 13 gener 2013 21:12

    Es en esos momentos donde uno comprende la importancia de las ausencias. Y empieza a crecer y a saber que siempre es mejor decir las cosas a tiempo, dar los mimos en su momento y no quedarse con nada encima, porque mañana puede ser tarde.
    Conmovedor y tierno relato Sani
    Un abrazo.

  12. 14 gener 2013 8:55

    La primera experiencia de muerte, de ausencia, queda fija e inolvidable. A golpes de esas vivencia maduramos y de todas, el sentimiento de culpa lo he sentido también y duele y permanece, pero nunca podremos saber si de verdad fallamos tanto, ellos, ellas, no pueden respondernos. Disculpa mi tono, es que estoy de nuevo viviendo esta situación, seguro que tendré las mismas dudas, seguro que sentiré esas sensaciones.
    Me llegaste dentro Sani, besito, petó.

  13. 14 gener 2013 20:01

    Apreciados amigos y amigas,
    Os confieso que me siento incapaz de responder uno a uno a vuestros comentarios.
    Pero os aseguro que agradezco enormemente todo cuanto me decís.
    Es verdad todo lo que ahí cuento así como las emociones que traté de reflejar cuando lo escribí, hace muchos años…tantos que lo escribí tecleando aún con ¡máquina eléctrica!

    No hace mucho recuperé esas hojas y las pasé a formato digital para poder desarrollar, quitar y poner allá donde hiciera falta…
    El primer capítulo era sobre mi casa. El segundo, éste, sobre mi padrino. El tercero y sucesivos hacen referencia a mi infancia: los amigos del barrio, el cole y sus mil historias y anédotas, el cine, las aventis …
    Ahí me quedé.. y ahora me entraban ganas de desarrollar otros tantos referidos a la familia, i mis amigos de adolescencia, los estudios preuniversitarios, la Universidad y los viajes al extranjero. La vida en Barcelona…
    Lo que vino tras dejar la Universidad está pensado para escribirlo -debidamente manipulado- en forma de “Cuentos”… a los que yo, por ponerles algún adjetivo atrevido, les llamo mis “Cuentos crueles”… (pero valdrían también un montón de sinónimos o quasisinónimos: patéticos, nefastos, ridículos, compasivos…)
    Hay algo más que esbozos de todo eso, pero lo cierto es que me queda todo por contar…¡o sea por escribir!

    Volviendo al tema…
    Os agradezco que entre todos hayáis trenzado esa descripción que amalgama la primera experiencia de la muerte de un familiar muy próximo, la sorpresa y el dolor de esa pérdida, el cúmulo de sensaciones vividas en esos dos o tres días…

    Gracias por vuestras palabras siempre tan generosas y emotivas. Las agradezco sinceramente.
    Iré a leer vuestros relatos y a dejaros mi comentario. Eso sí os lo debo y lo pienso “pagar” como es debido. Dadme un margen de tiempo razonable.

    Un abrazo a todos y a todas.

    __________

  14. Casss permalink
    15 gener 2013 16:55

    Un relato que conmueve, y que a mi me hace decir: así es la vida…. De todos modos creo en la capacidad de reacción y enmienda y que uno debe recordar lo importante que es cultivar los vínculos afectivos. Claro…también hay edades!!! En cuanto al libro, me parece genial. Yo, lo leería con mucho gusto.

    besos

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  1. este jueves una convocatoria: mayores. | julianoelapostata56

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