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Los jueves, relato. Colores (II)

9 Novembre 2012

Colores.  24.10.2012.

Aquí la convocatoria:   The Daily Planet’s Bloggers .    

Aquí el enlace a los relatos de los escritor@s  jueveros

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  Colores  (II)

Poco podías imaginar, cuando entraste en el taller de pintura de Claude, cerca de la Escuela de Artes y Oficios, y ella te mostró un montón de cuadros ya acabados y amontonados en un rincón de ese estudio, que también tú, al cabo  de unos meses, ibas a decidirte a comprar un caballete y una caja de pinturas con sus pinceles, su paleta y su colección de óleos, porque también tú querías ver qué serías capaz de pintar. Te iba a faltar sólo rellenar con aguarrás la botellita metálica de “white-spirit” que conseguiste que Claude te regalara.

Quedaste gratamente sorprendido por el ambiente del taller, que ella compartía con un escultor . Al lado de dos caballetes y multitud de heteróclitos objetos colocados encima de una mesa inmensa, dispuestos en un orden extraño  que se acercaba sin llegar a ser desorden, había diversas bases sobre las que  se podían admirar  moldes y proyectos escultóricos a medio terminar. Ese taller desprendía una atmósfera artística contagiosa.

En su casa, Claude te había mostrado sólo un cuadro a medio empezar cuya paleta ser limitaba a los blancos y los azules con los que pintaba un paisaje claramente urbano, en donde los tejados  recortaban un cielo azul de tono indefinido. Tu decidiste en su estudio que  la tuya,  si conseguías pintar, sería una paleta total, formadas por todos los óleos incluídos en la caja pero que ibas a comprar cuantos fueran necesarios, porque con todos ellos ibas a obtener una infinidad de colores nuevos.

De vuelta a casa,  para pintar tu primer cuadro, escogiste copiar nada menos que un pequeño Kandisnky, el Grungrasse fr Murnau, un óleo “impresionista” de su primera etapa, con paisajes del pueblo de  Murnau, nada de abstracciones ni de elucubraciones decorativas. Un óleo extraordinario a pesar de su sencillez. Quedaste prendado de esa pequeña maravilla que contiene todos los colores imaginables, con ese frondoso huerto, a la izquierda, los tejados rojos y las fachadas amarillas, sus ventanas azules con porticones verdes y una extraña línea negra proyectada sobre el ocre camino que lleva a la plaza del pueblo y a la iglesia.

No recuerdas ya cuanto tiempo tardaste en terminarlo, porque tenías mucho miedo a fracasar en el intento, y tener que tirar la tela como quien echa  un trapo viejo a la basura.
Por eso, cuando ganaste el reto que te habías impuesto, te pareció una osadía atreverte  a firmar el cuadro, como si de un atitsa de verdad se tratara. Venciste también esa última timidez y al hacerlo experimentaste una sensación extraña, surgida de lo más íntimo y des de lo más profundo que te obligaba a prometerte que ese iba a ser el primero y el último cuadro que ibas a pintar en tu vida. Nunca conseguiste saber exactamente el porqué de tan rotunda decisión.

Regalaste el caballete a un amigo pintor. Volviste a poner en su sitio, en la caja, todos los óleos y pinceles, y también la botellita metálica de aguarrás. Allá siguen inertes, tal como los enterraste. La caja habrá cambiado de lugar dos o tres veces en los últimos veinte años. Cada vez que la miras ves de nuevo el taller de Claude, el cuadro de Kandinsky y la pequeña reproducción que pintaste con tanto amor y tanta dedicación, esa obrita maravillosa e irrepetible que te llena de orgullo, te provoca siempre una sonrisa y , de vez en cuando, incluso te humedece los ojos y te hace saltar una lágrima.

Max Le Carré

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